Siempre me
han gustado los cambios en general, quizás por la sensación que provoca
interiormente el estar viviendo diferentes situaciones, huyendo de la
monotonía: Cambiar de casa, los muebles de sitio en la habitación, cambiar de
puesto de trabajo, cambiar de comida.
Cambiar de ciudad a visitar.
Aunque he
de reconocer que no todos los cambios me gustan, soy fiel a mis colores
preferidos, a mis colonias favoritas, a mis amigos, a la persona con la que
llevo más de treinta y cinco años compartiendo la existencia.
Y ahora en
este momento de mi vida ha habido un cambio muy brusco, pues después de estar
trabajando más de cuarenta y dos años, de forma ininterrumpida, me he quedado
en una situación de ERE (privilegiado), no como en otros casos, cuyas
condiciones son penosas.
Después de
este periodo aproximado de dos años, pasaré a recuperar un tiempo trabajando,
(tiempo correspondiente como consecuencia de acogerme a un contrato de relevo),
y después la prejubilación a los sesenta y dos años aproximadamente. Situación privilegiada con la que está
cayendo.
Pero a
pesar de ello, tengo una sensación extraña, entre dulce y amarga. Es un cambio
que te recuerda que tu vida entra en otra etapa (la última), donde ya estás
cerca (casi, casi) de la franja de población de la tercera edad.
En fin, hay que
pasarlo, así que lo intentaré pasar de la mejor manera posible, pondré empeño
en ello.
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