junio 28, 2010

Alegría

Cuando se tienen hijos, es tan grande e intenso el sentimiento que tienes hacia ellos, que es muy difícil compararlo con nada.
No sé si es bueno o malo, justo o injusto, pero es así.
Las cosas que les ocurren a ellos, te duelen y te alegran, incluso más que si nos pasaran a nosotros mismos, y de tal manera, que cambian nuestro estado de ánimo con una rapidez como si de un destello se tratara.
La semana pasada fue una semana de incertidumbre y malestar, porque mi hijo pequeño hizo un examen que era definitivo para el siguiente paso que iba a dar al año próximo. Salió de él diciendo que no lo iba a aprobar, que las matemáticas no le habían salido, pues se había bloqueado. Nos quedamos todos en casa un poco chafados. Llegó el Viernes, día en el que le iban a dar el resultado, yo, como madre impaciente y seguramente precipitada, llamé para enterarme del resultado, que por fin ha sido positivo, ha aprobado dicho examen.
Fue tal la alegría que sentí, que es difícil compararla con nada. Por supuesto le llamé corriendo para decírselo y todavía fue mayor mi alegría cuando le oí su grito de alborozo al otro lado del teléfono y sentí cómo estaba de contento. Ha sido un fin de semana especial.

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